Dejar morir las plantas

Tengo una facilidad impresionante para abandonar cosas. Dejo empleos sin pena, sin arrepentimiento, sobre todo porque por ningún trabajo vale la pena quedarse, nunca. Dejo ciudades en las que ya me planté, me arranco las raíces de un jalón. Comienzo hobbies que abandono a los dos días. Abandono libros, casas. Dejo relaciones, personas. Me voy sin mirar atrás. A veces sí siento tristeza pero la realidad es que cuando me estoy yendo ya traigo otra cosa en la cabeza.

Mis razones no son siempre claras. Algunas veces me quedo más de lo debido, más de lo que puede considerarse sano. He ahí algunos amores necios. A veces basta un susto o un rechazo chiquito para que me den ganas de ya no estar. Otras veces es por pura maldad, no me voy a hacer la santa. Escapo de las cosas por miedo, desesperación, hartazgo. Lo hago por cobarde y por valiente también.

El abandono no siempre implica que sea yo la que se va, existen otras situaciones: quedarse quieta mientras todo y todos siguen avanzando, dejar morir las plantas, perderse en el silencio. Me abandono a mí misma todo el tiempo.

Hay algunas cosas que no he podido dejar desde que, conscientemente, las inicié: el cigarro y a ti. Y vaya que lo he intentado y me pregunto todos los días ¿por qué continuar si no lo necesito? Porque lo quiero. Quiero esto que eres tú y lo elijo todos los días. Cada oportunidad que he tenido de abandonar este espacio-tiempo que fundamos sin querer, he elegido quedarme.

Ya quise dejarte por todas las razones: por miedo, por hartazgo, por maldad, por cobarde y por valiente también. Huir siempre ha sido una opción, pero el desafío es quedarme y aprender, ver qué cosas de las que plantamos pueden crecer y de cuáles podemos salvarnos. Suena triste y lo es y entiendo que todos quieran que todo esté bien siempre pero no se puede, ya habrá tiempo de estar feliz.

Tampoco digo que no me vaya a ir algún día, sólo que hoy decido quedarme.

China

Imagino que hay una esquina en algún barrio de China exactamente igual que todas las esquinas de todos los barrios. Igual que en la Obrera, igual que en Casa Blanca. Es una esquina con una banqueta y un atardecer y unos niños corriendo y unos viejitos pasando y es domingo y el olor a inserte comida típica del lugar enmarca la postal perfecta y el sol rebotando en la arquitectura que se supone deba haber en dicho espacio del mundo recorta las sombras de los pasantes. Puede que haya más autos en algunos lugares, más ruido, a lo mejor hasta esté lloviendo. Pero es la misma soledad de estar esperando y que no llegue (algo, alguien, nada). Igual te vas a sentir sola en todos las esquinas, en todas las esperas.

Mayo

Mayo es mío. Me pertenece. Por todo lo que llueve es mío. Yo soy esas lluvias raras y molestas. Y cuando pasa el camión sobre un charco y te deja empapado, ésa soy yo. Soy el sol que te quema y te deja marcada la camisa, porque no se me ocurre otra forma de acariciarte todo el tiempo. Además soy las hormigas que te pican y la tierra y el chicle pegado en el pavimento y el pavimento, por infértil, y las noches sin luna y los domingos y la nieve y los vestidos que te pones y el tatuaje que te hiciste y las promesas que no cumples.

El invierno que se quemaron todos los ficus

(Artículo originalmente publicado en mi otro blog 😛 pero a éste sí le puse mayúsculas.)

4 de septiembre de 2019

Hoy está lloviendo en Monterrey porque hay un huracán. Suspendieron clases y todos los automovilistas se tienen que andar con cuidado para que no se los traguen los pozos. Hoy estoy lejos de mi ciudad natal pero la familia me mantiene al tanto. Creo que todos están bien y han tomado precauciones.

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Señoras

30 septiembre, 2017.
Iba en el camión sentada a lado de la ventana viendo las nubes y vi una nube con forma de tiburón, demasiado exacta, y de la pura emoción le dije a la señora que iba sentada a mi lado “mire una nube con forma de tiburón” y se me quedó viendo y no dijo nada y luego vio la nube y dijo “sí cierto” y luego miró las otras nubes y me dijo “mira, aquella con forma de jirafa y aquella como de bolillo” y me agradó el juego y le dije “mire esa con forma de riñón” y me dijo “ay a qué no, Zeltzin” y le dije: ¿cómo supo mi nombre? y me dijo: Yo lo sé todo y le dije: a ver ¿cuántos años tengo? y me dijo:104, entonces se convirtió en sapo y se fue saltando y cuando bajó del camión la atropelló un carro. Volví a mirar al cielo y había una nube con forma de rana. Ya sé que no es lo mismo pero es suficiente.

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Viaducto

Viaducto
El primer departamento que M y yo fuimos a ver cuando recién llegamos a la ciudad fue uno que estaba en Viaducto, cerca del metrobús. Estaba en un edificio viejo, tenía pisos de madera y olía a encerrado. Era grande pero daba la impresión de estar amontonado incluso vacío. Estaba muy oscuro, mil pesos fuera de nuestro presupuesto y seguramente embrujado.

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